Fidel, el eterno joven rebelde

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Cuando algunos piensan que la juventud es solo apta para esa edad, quizás se refieran al aspecto físico, y además a las virtudes que dotan al hombre de lozanía y esbeltez, pero olvidan que en realidad joven es quien quiera serlo, no presumirlo, que son cosas totalmente diferentes.

Hago esa introducción para referirme en el caso particular al compañero Fidel Castro Ruz, quien con más de ocho décadas en su haber, de las cuales más de seis ha dedicado por entero a una causa justa, sin importar peligros, amenazas o cansancio.

Siendo prácticamente un adolescente ya Fidel daba sus primeros pasos hacia la virtud de los valores íntimamente relacionados con el humanismo y la solidaridad y, sobre todo, la lealtad sin límites a la tierra que lo vio nacer, por la que juró siempre dar su vida hasta ver hechos realidad los sueños de José Martí.

Desde las aulas universitarias se destacó siempre como el revolucionario en cuerpo y alma, después vino el Moncada, la prisión, el exilio, el desembarco, la guerra y el triunfo definitivo aquel Primero de Enero de 1959.

Transcurrió el tiempo y Fidel siempre fue el mismo Fidel, el incansable joven rebelde que con fe infinita en el futuro no escatimó esfuerzos para lanzar la Campaña de Alfabetización, la Ley de Reforma Agraria, la Nacionalización de las industrias y la lucha contra el imperialismo desde diferentes frentes.

Nunca se le vio cansado o vencido por el miedo o la fatiga, todo lo contrario, robusto como un Caguairán y presto a empuñar las armas de las ideas o las artilleras si fuera necesario, como ocurrió en Girón cuando llegó en un tanque hasta la misma playa.

Aquel joven universitario lleno de optimismo y fe en el futuro nunca desmayó, siguió siempre adelante aun en circunstancias muy difíciles, pero junto a su querido pueblo, para ser el primero ante adversidades de todo tipo.

A Fidel se le recuerda desafiando ciclones en medio de tempestades e inundaciones, recorriendo instalaciones, comunidades, áreas agrícolas, en el corte de caña o en un juego de pelota.

Pero aun, cuando han transcurrido más de ocho décadas desde que vino al mundo, se le ve eterno joven rebelde, inculcador de ideas, conversador, afable, comunicador como siempre, veraz y siempre objetivo, tal como si Marx y Engels hubieran depositado en él toda la dialéctica materialista.

Ese es el universitario de la vida y tan capaz como para levantar tribunas, crear encantos y aunar voluntades para proseguir desde las empinadas crestas de la Sierra Maestra, esa guerra a muerte por la victoria definitiva.